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miércoles, 15 de noviembre de 2017

Julius Evola - Estilo Militar, "Militarismo", Guerra



     Del libro Los Hombres y las Ruinas (Gli Uomini e le Rovine, 1953) del conocido escritor Julius Évola, presentamos aquí la traducción de su capítulo nueve (Stile Militare "Militarismo" Guerra), realizada desde el italiano y cotejada con la buena traducción inglesa de Guido Stucco (Men among the Ruins). Aquí Évola precisamente realiza diversas distinciones conceptuales que tienen que ver con el espíritu y la educación de tipo guerrero, con un componente primordialmente espiritual, y no materialista al estilo burgués, que era común en diversos Estados, lo cual obviamente iba mucho más allá del simple militarismo, la "bestia negra" de las actuales democracias, como él sostiene. Se trata éste de un texto claro y simple, directo, un análisis de esta época de ruinas, donde, como dice el propio autor, "debemos oponernos con resolución a la concepción democrática, burguesa y humanística del siglo XIX, la cual, en correspondencia con el advenimiento de un tipo humano inferior, ha presentado su interpretación como la única legítima e incuestionable".


Estilo Militar, "Militarismo", Guerra
por Julius Évola, 1953



     Como cada uno sabe, el militarismo constituye una especie de bestia negra [algo muy detestado] para la democracia moderna. La lucha contra el militarismo ha sido uno de los gritos de batalla favoritos de la democracia, asociado con un pacifismo hipócrita y con el intento de legitimar la "guerra justa", la que fue concebida únicamente en los términos de una necesaria operación policial internacional contra un "agresor". Durante el período de ambas Guerras Mundiales, el llamado militarismo prusiano ha sido una espina en el costado de las democracias, ya que ellas lo percibieron como el prototipo del fenómeno mismo que desaprobaban.

     Lo que tenemos aquí es una antítesis característica que no se refiere tanto a las relaciones entre grupos de naciones rivales como más bien a dos concepciones generales de la vida y del Estado, e incluso a dos formas distintas e irreconciliables de civilización y sociedad. Ahora, en una referencia histórica concreta, tal antítesis es reflejada en la oposición entre la visión de la tradición germánico-prusiana y el punto de vista u orientación que primero surgió en Inglaterra y en Estados Unidos, y más tarde en todas las naciones democráticas, en estrecha relación con el predominio en ellas de valores económicos y mercantiles y por el desarrollo de éstos en el contexto del capitalismo. En cuanto a la otra dirección, ya hemos recordado que ella remonta sus orígenes a una organización ascético-guerrera, la antigua Orden de los Caballeros Teutónicos.

     En esencia, la antítesis de la cual se trata se refiere a la contrapuesta relación entre el elemento militar y el elemento burgués, y al diferente significado y función que al primero se le reconoce en el complejo de la sociedad y el Estado. La concepción de las democracias modernas que, como se ha dicho, primero surgieron en Inglaterra, bajo el patrocinio del mercantilismo, consiste en que en la sociedad el elemento primario está constituído por el tipo burgués y la vida burguesa durante tiempos de paz; tal vida está determinada por la preocupación física por la seguridad, el bienestar y la prosperidad material, con el "desarrollo de las letras y las artes" sirviendo como un marco decorativo.

     Así, según esta visión, al elemento "civil" o "burgués" por lo general, y como una cuestión de principio, se le confía la dirección del Estado. Es este tipo humano el que se involucra en la política; y cuando la política, la política internacional —para usar la famosa expresión de Von Clausewitz—, debe ser continuada con otros medios, las fuerzas armadas son entonces empleadas. En esta visión el elemento guerrero y militar tiene el sentido subordinado de un mero instrumento: no debería tener ninguna influencia particular o ejercer alguna interferencia en absoluto en la vida social cotidiana. Incluso si se reconoce que el elemento militar tiene su propio código de ética, no es deseable que ese código sea aplicado a la vida normal y general de una nación.

     La visión a la que me refiero está estrechamente asociada con las creencias humanitarias y liberales de que la verdadera civilización no tiene nada que ver con aquella necesidad trágica y carnicería inútil llamada la "guerra"; de que los fundamentos de una verdadera civilización no son las virtudes guerreras sino las virtudes "cívicas" y "sociales" inspiradas por los "principios inmortales"; y de que la "cultura" y la "espiritualidad" son expresadas en el mundo del "pensamiento", en las ciencias y las artes, mientras todo lo que está relacionado con la guerra y con los asuntos militares equivale a la fuerza bruta, a algo materialista y desalmado.

     Sin embargo, parece que en este contexto habría que hablar de un elemento "soldadesco" más bien que de uno guerrero o militar. De hecho, el término "soldado" originalmente se refería a un hombre que se involucraba en la profesión armada por un sueldo (casi en el sentido de un "asoldado"). Es un término que se refería a las tropas mercenarias que una u otra ciudad contrataba y mantenía para que la que defendieran o para que atacaran a sus enemigos, no participando en la guerra los verdaderos y propios ciudadanos, prefiriendo en cambio ocuparse de sus negocios privados [1]. Opuesto al "soldado", en este sentido, estaba el tipo del guerrero y el miembro de la aristocracia feudal. La casta a la cual este tipo pertenecía era el núcleo central en una organización social correspondiente. Esa casta no estaba al servicio de la clase burguesa sino que más bien tenía al burgués bajo sujeción, ya que la clase que era protegida dependía de aquellos que tenían el derecho a las armas.

[1] Es significativo que, no hace mucho, tanto en Inglaterra como en Estados Unidos no había ninguna conscripción mlitar obligatoria: las fuerzas armadas estaban constituídas por voluntarios, quienes recibían una buena paga. De esa manera se conseguía que el sector mercantil y burgués de la nación no tuviera nada que ver con la profesión y la disciplina de las armas.

     A pesar de la conscripción militar obligatoria y de la creación de ejércitos permanentes, el papel desempeñado por el hombre militar en las democracias modernas es más o menos el de un simple "soldado". Como he dicho, las democracias modernas distinguen entre virtudes militares y cívicas, y enfatizan estas últimas, respaldándolas como las más importantes en la vida. Según la formulación más reciente de la ideología correspondiente, los ejércitos deberían ser usados sólo como una fuerza policial internacional para mantener la "paz", lo cual, en el mejor de los casos, equivale a decir mantener la vida tranquila de las naciones más ricas. Por lo demás, aparte de cualquier pretexto, lo que se repite es el ejemplo de la Compañía de las Indias y empresas análogas: las fuerzas armadas son usadas por las democracias modernas para imponer o retener una hegemonía económica, para asegurarse mercados y materias primas, y para crear nuevos espacios para que el capital busque inversiones y ganancias. No se hace ninguna mención de mercenarios, y se pronuncian palabras más agradables y nobles, apelando a las ideas de patria, civilización y progreso. Y sin embargo, consideradas todas las cosas, la situación no cambia mucho: todavía tenemos al "soldado" que trabaja al servicio del "burgués" en su función específica de "comerciante". El "comerciante", en el sentido más amplio de la palabra, es el tipo o casta social que está en el primer plano en esta civilización substancialmente capitalista.

     En particular, la concepción democrática no admite que la clase política deba tener rasgos y estructuras militares; ése sería el peor escenario y equivaldría a un verdadero "militarismo". En las democracias modernas, los miembros de la burguesía deben gobernar los asuntos del Estado como políticos y como representantes de una mayoría numérica. Pero, como es bien sabido, en las democracias modernas tal clase dirigente está prácticamente al servicio de intereses y grupos económicos, financieros, laborales o industriales.

     A todo ese orden de ideas se le contrapone la verdad profesada por aquellos que reconocen el derecho superior de una concepción guerrera de la vida, que tiene su espiritualidad, valores y ética propios. Tal visión encuentra una expresión específica en todo lo que tiene particular pertinencia con la guerra y la profesión de las armas, y que sin embargo no se reduce a ello ni se agota en ello. Dicha visión es susceptible de manifestarse en otras formas y en otros dominios también, y a impartir un tono total a un tipo dado e inconfundible de organización político-social. En ese contexto los valores "militares" se aproximan a los específicamente guerreros, y se considera deseable que ellos se unan a los valores políticos y éticos y que suministren al Estado el más firme fundamento. La anti-política concepción burguesa de lo que es el "espíritu" es rechazada aquí, como lo son los ideales humanísticos y burgueses de una supuesta "cultura" del supuesto "progreso"; se desea establecer un límite a la burguesía y al espíritu burgués en las articulaciones y el orden general del Estado.

     Esto no significa que los militares deben tener en su mano la dirección de los asuntos públicos, con la excepción de casos de emergencia (como recientemente pareció ser la única solución en España, Turquía y Grecia, a fin de contener el avance de la subversión), sino más bien reconocer que las virtudes, la disciplina y los sentimientos de tipo militar adquieren la preeminencia y una dignidad superior con respecto a todo lo que es genéricamente burgués. Podemos añadir que esta visión no respalda el "cuartel como un ideal", ni tampoco busca una reglamentación estricta de la existencia (que es uno de los rasgos del totalitarismo), lo cual es sinónimo de rigidez y de una disciplina mecánica y obtusa.

     El amor por la jerarquía, por las relaciones de mando y obediencia, por el coraje, por sentimientos de honor y lealtad, formas específicas de una impersonalidad activa capaz de producir el sacrificio anónimo, por relaciones significativas y abiertas entre hombre y hombre, entre un camarada y otro, desde el líder al seguidor, todos éstos son los valores característicos y vivos que son predominantes en la visión ya mencionada y a los que se les reconoce el derecho de predominar en la vida. Éstos son los valores que se encuentran en lo que hemos llamado la "sociedad de hombres". Todo lo que tiene una exclusiva pertinencia con el ejército y la guerra, respecto a todo esto, constituye solamente un dominio particular.

     Sin embargo, esto no impide que, como en un caso límite, a los valores propiamente heroicos les sea tributado un reconocimiento preciso y que el fenómeno de la guerra en este contexto tenga un sentido diferente del solamente negativo atribuído a ella por las democracias y el humanitarismo, así como por un hipócrita comunismo "anti-imperialista" y pacifista; ni tampoco excluye que ciertas dimensiones espirituales, e incluso metafísicas, de tal fenómeno sean sentidas como posibilidades reales. No existe, por una parte, ninguna antítesis sino más bien una identidad entre espíritu y civilización superior, y el mundo de la guerra y de los guerreros, por otra, según el sentido general ya declarado.

     Podemos notar que, en cierto modo, el ya mencionado contraste de visiones acerca del significado y el papel de los militares refleja el contraste entre dos épocas. No repetiré lo que hemos expuesto más extensamente en otra parte [2], a saber, cuán frecuentemente encontramos en el mundo tradicional la interpretación de la vida como una lucha perenne entre poderes metafísicos, entre, por una parte, la fuerza uránica de la luz y el orden, y, por otra, la oscura fuerza telúrica del caos y la materia. El hombre tradicional anhelaba luchar esa batalla y vencer tanto en el mundo interior como en el exterior. Una guerra verdadera y justa en el plano externo reproducía en otros términos la misma lucha que tenía que ser emprendida dentro: se trataba de una lucha contra fuerzas y gentes que en el mundo externo presentaban los mismos rasgos que los poderes que el individuo tenía que sojuzgar y dominar internamente, hasta que fuese conseguida una pax triumphalis [3].

[2] Sobre todo en mi libro Rivolta contra il Mondo Moderno
[3] En la doctrina cristiana expuesta por Agustín (De Civitate Dei, XV, 5) una visión similar acerca de la guerra justa es expresada en términos bastante claros: «Pero los proficientes, los que van aprovechando y no son aún perfectos, pueden también pelear entre sí, como un hombre puede no estar de acuerdo consigo mismo; porque aun en un mismo hombre "la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne"».

     De esto se sigue una conjunción de la idea guerrera con la de una cierta "ascesis", una disciplina interior y superioridad con respecto a sí, o control del propio Yo, que aparece en varios grados en las mejores tradiciones guerreras y que permanece en el plano militar (en el sentido específico del término) con el auténtico valor de una cultura, en el sentido anti-intelectualista del desarrollo y dominio del Yo propio.

     Contrariamente a lo que la polémica burguesa y liberal afirma, la idea guerrera no puede ser reducida a un materialismo, ni es sinónimo de la exaltación del uso brutal de la fuerza y la violencia destructiva. Más bien, el desarrollo tranquilo, consciente, que domina el ser interior y la conducta; el amor a la distancia, la jerarquía, el orden; la facultad de subordinar el elemento pasional e individualista del Yo a objetivos y principios superiores, sobre todo en nombre del honor y el deber, todos éstos son los elementos esenciales de la idea guerrera, y ellos actúan como los fundamentos de un "estilo" preciso que en gran parte se ha perdido.

     Dicha pérdida ocurrió con el cambio desde los Estados que son considerados como "militaristas", en los cuales todo esto correspondía a una tradición larga y severa, a los Estados democráticos y nacionalistas, en los cuales el deber de servir en las fuerzas armadas ha sustituído al derecho a las armas. Por lo tanto, la verdadera antítesis no es entre los "valores espirituales" y la "cultura", por una parte, y el "materialismo militarista", por otra; la antítesis es entre dos modos de concebir qué es lo que son realmente el espíritu y la cultura; y aquí debemos oponernos con resolución a la concepción democrática, burguesa y humanística del siglo XIX, la cual, en correspondencia con el advenimiento de un tipo humano inferior, ha presentado su interpretación como la única legítima e incuestionable.

     En realidad, ha habido todo un ciclo de civilización, sobre todo en las áreas indoeuropeas, en el cual los elementos, los sentimientos y las estructuras de un tipo guerrero análogo eran determinantes en todos los ámbitos de la existencia, hasta e incluyendo la esfera del derecho familiar y aristocrático, mientras que los factores de un carácter naturalista, sentimental y económico estaban limitados. La idea jerárquica ciertamente no se agota en la jerarquía de base militar o guerrera. La forma más original de la jerarquía es definida con valores de un orden esencialmente espiritual (etimológicamente, la palabra griega para jerarquía, "hieros", significa "soberanía de lo sagrado"). Sin embargo, debe señalarse que en muchas civilizaciones incluso las jerarquías con un fundamento espiritual se basaron en jerarquías que eran más o menos viriles y guerreras o que reproducían al menos exteriormente su forma. Así, cuando el nivel espiritual original no podía ser mantenido, las estructuras jerárquicas de un tipo guerrero constituyeron la estructura de los principales Estados, sobre todo en Occidente [4].

[4] Del resto, el mundo antiguo es, en general, rico en ejemplos de Estados, desde Roma a la antigua China, en los cuales el elemento político y el militar se unieron en los niveles más altos de la jerarquía. Ese rasgo ha permanecido en las monarquías europeas en cuanto al Soberano, quien por lo general, como el líder político supremo, también tenía la calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas.

     El prusianismo, esta "bestia negra" de las democracias, no debería por lo tanto ser considerado como la anomalía de un cierto pueblo; al contrario, en ello debemos ver el mismo estilo que, gracias a un conjunto de circunstancias favorables, fue preservado, en base a un ideal general de la civilización y la cultura, de una manera más o menos definida hasta tiempos recientes en países germánicos (como un "intolerable residuo oscurantista", según los exponentes progresistas de esta época). Y para confirmar cuanto se ha dicho, cabe señalar que el prusianismo como estilo no tiene que ver sólo con lo militar: definiéndose propiamente como "Federiquismo" [por Federico II de Prusia], dio forma a una de las tradiciones militares europeas más estrictas y aristocráticas, pero al mismo tiempo manifestó su influencia en todo lo que es servicio al Estado, en todo lo que es lealtad y anti-individualismo.

     Ese estilo educó a una clase de funcionarios gubernamentales de acuerdo a principios muy diferentes de una mera burocracia, pequeño espíritu administrativo y administración indolente e irresponsable de los asuntos públicos [5]. Además, ese estilo nunca dejó de actuar en el sector de la economía, asegurando, en el inicio de la Era industrial, una íntima cohesión con grandes complejos industriales conducidos por líneas cuasi dinásticas de empresarios que eran respetados y obedecidos por los trabajadores casi en términos de lealtad y solidaridad militar.

[5] En base a tal espíritu, en muchos Estados europeos tradicionales, los funcionarios del Estado vestían un uniforme, como los soldados regulares.

     Así, en la polémica acerca del sentido del elemento guerrero y militar se refleja la antítesis entre dos épocas; además, en ello se revela adicionalmente la polémica entre los dos componentes de un organismo real: la parte social y la parte política. La democracia anti-militarista es la expresión de la "sociedad" que, con sus ideales físicos de paz o, como máximo, de guerras defensivas para mantener la paz, se contrapone al principio político, es decir, al de la "sociedad de hombres", la fuerza formadora del Estado que siempre ha dependido de un elemento guerrero o militar, que tenía sus propios otros ideales, no físicos sino de honor y superioridad. Por lo tanto, sigue siendo una sospecha de fenómenos regresivos y de la agresiva aparición de elementos inferiores, ya estudiada por nosotros, lo que se ha concretado, en el plano internacional, en la ideología democrática movilizada durante las dos Guerras Mundiales.

     Aparte de esto, desde un punto de vista práctico debemos reconocer que en tiempos modernos, ya que la sensibilidad con respecto a los valores y a la dignidad puramente espirituales en gran parte se ha atrofiado entre los pueblos occidentales ("espiritual" en un sentido tradicional, no "intelectualista" o "cultural"), el modelo de una jerarquía militar, a pesar de no ser el más alto ni el original, es casi lo único que todavía puede suministrar la base y actuar para enfatizar los valores jerárquicos en general, y así salvar lo que todavía puede ser salvado. Aquel modelo todavía conserva un cierto prestigio, y ejerce una cierta atracción sobre cada tipo humano que no está todavía completamente desintegrado y "socializado". A pesar de cualquier propaganda anti-militarista que culmina en los actuales disidentes, los escuálidos invertebrados llamados "objetores de conciencia", hay una dimensión heroica en el alma occidental que no puede ser totalmente extirpada. Tal vez todavía es posible apelar a esta dimensión por medio de una adecuada visión de la vida.

     En relación a esto, una consideración adicional tiene que ver con una actitud general y un cierto nivel de tensión, que en muchos sectores de la vida contemporánea se hacen necesarios, con el efecto de relativizar la diferencia entre tiempos de paz y tiempos de guerra. No aludimos a las luchas entre partidos políticos, que son fenómenos que se refieren sólo a un período de decadencia y ausencia de la idea del Estado: se trata más bien de todos aquellos aspectos de la vida moderna que, a fin de ser dominados y no tener consecuencias destructivas en el individuo, requieren una asunción completa de la propia posición de alguien, un estar en el lugar que, como el soldado, no se abstiene de convertir el riesgo y la disciplina en una parte integrante del modo de ser. En este caso, también, tenemos una actitud opuesta a la del hombre burgués.

     Obviamente no se puede exigir que tal clima de tensión dure permanentemente y permanezca en cada uno en el mismo grado; sin embargo, actualmente, en ciertos casos no hay ninguna otra opción, y precisamente sobre la base de las diversas capacidades de los individuos para adaptarse a tal clima, para amar tal clima, es que pueden determinarse, en cada ámbito, las nuevas selecciones y las jerarquías, reales y existenciales, para encontrar un reconocimiento natural en cada ser humano sano.

     Es obvio entonces que las naciones en las cuales premisas similares son suficientemente implementadas estarán no sólo mejor preparadas para la guerra, sino que también serán aquellas en las cuales la guerra adquirirá un significado superior. Acerca del primer punto, es el equivalente de lo que se aplica en el plano material, donde la eficacia de una nación en tiempo de guerra es medida por el potencial virtual para que las industrias y la economía de tiempos de paz sean de repente convertidas en industrias y economía de guerra. Habrá una cierta continuidad de espíritu y actitud, un denominador moral común en la paz y en la guerra que facilita el cambio de un estado al otro. Se ha dicho con razón que la guerra muestra a una nación lo que la paz ha significado para ella. La formación "militar" del espíritu tiene, como se ha dicho, un valor independiente del "militarismo" y de la guerra; sin embargo, eso crea el potencial necesario de modo que, si se impone una guerra, una nación está lista para ella, y la emprende con un número suficiente de hombres que reproducen en una nueva forma el tipo guerrero más bien que el del "soldado".

     Todo el orden de ideas expuesto hasta ahora es así ignorado o distorsionado por la polémica contra el "militarismo", y, tal como en otros casos (p. ej., el "totalitarismo"), aquél sólo sirve como un objetivo falso. Aquello que se desea golpear y desacreditar es, en realidad, un mundo que el comerciante y el burgués detestan, odian y consideran como intolerable, aun cuando no amenaza directamente a la democracia. Así, resulta conveniente concentrarse en lo que constituye sólo una degeneración del militarismo, vale decir, aquellas situaciones en las cuales una cierta clase de soldados profesionales, de visiones bastante estrechas y limitadas competencias, ejerce una influencia artificial sobre la política de una nación, empujándola al borde de la guerra con el apoyo de lo que suelen llamarse elementos belicistas. Tales situaciones pueden ser definitivamente condenadas sin por ello comprometer el valor de la concepción guerrera total de la cual he hablado hasta ahora. Sin embargo, eso no equivale a la adopción del pacifismo teórico de las democracias ni a compartir su visión totalmente negativa acerca de la guerra y el sentido del combatir.

     Sobre este último punto, hay que hacer una breve consideración. Y primero veamos cómo están las cosas con las democracias actuales. Ellas se encuentran atrapadas en una contradicción que debilita su misma existencia física. Después de tratar de nuevo de persuadir al mundo de que su última "cruzada" anti-europea fue una "guerra contra la guerra", o al menos la última de las guerras, ahora se encuentran en la necesidad de rearmarse, ya que ellas no pueden defender sus intereses contra los nuevos "agresores" y aguafiestas con solemnes proclamaciones de principios y Padrenuestros. Por lo tanto, la situación es la siguiente: las democracias teóricamente siguen desaprobando la guerra, concibiéndola sólo en términos de "defensa" y "agresión", aborreciendo el "militarismo", y casi identificando al guerrero como un criminal; y a pesar de todo, con tales desmoralizantes y derrotistas visiones ideológicas, ellas deben armarse para hacer frente a sus nuevos adversarios, a saber, el mundo del Cuarto Estado, organizado en un bloque poderoso por el comunismo.

     Ciertamente, el ideal para estas democracias sería encontrar a alguien que emprendiera la guerra por ellos, como sus "soldados", en el sentido de asalariados, limitándose ellas a suministrar los armamentos, la financiación, y una difundida propaganda (empleando lemas como "defensa del mundo libre", "defensa de la civilización", etc.). Pero tal propaganda pierde credibilidad de día en día; además, no deberíamos abrigar demasiadas ilusiones acerca del valor de una superioridad técnica e industrial (a menos que sea totalmente aplastante) cuando entre las tropas combatientes no se encuentra la contraparte de un factor moral y, en general, del espíritu guerrero.

     Finalmente, no siendo ya fácil encontrar a alguien lo bastante ingenuo que crea en "la última de las guerras" y que sea tan altruísta como para arriesgar o sacrificar su vida en favor de aquellos que vendrán después de él a la hipotética e idílica Era democrática sin más guerras, se presenta la situación del hombre que se ve obligado a luchar, mientras toda su formación mental "burguesa" y democrática le hace odiar la guerra y concebirla como el peor de los flagelos, como algo que aporta sólo ruina y toda clase de miserias. La mejor posibilidad será la de luchar de desesperación a fin de salvar la propia vida, por no decir la billetera, ya que las democracias plutocráticas hoy nos hacen pensar en la situación de alguien que, enfrentado a la alternativa de entregar la bolsa o la vida, prefiere arriesgar finalmente su vida más bien que entregar la bolsa.

     Donde, por lo tanto, no queda más que combatir por lo propio, es decir, donde los que luchan son elementos directamente amenazados y empujados con su espalda contra la pared más o menos en estos términos existenciales, podemos ver a qué callejones sin salida conduce hoy el democrático "anti-militarismo". La civilización del comerciante y el burgués que alaba sólo las "virtudes cívicas" y que identifica el standard de valores con el bienestar material, con la prosperidad económica, con una existencia segura y conformista basada en el trabajo, la productividad, los deportes, las películas y la sexualidad, tiene como efecto la involución y la extinción del tipo guerrero y del héroe, quedando únicamente el hombre militar como "material humano", cuyo desempeño en el campo de batalla es muy problemático debido a la ya mencionada carencia del factor interior, a saber, de una correspondiente tradición y visión guerrera de la vida.

     Sin embargo, podemos preguntarnos si, después de las recientes experiencias, no se ha tenido suficiente, o si uno debería olvidar lo que implica una "guerra total" moderna; además, podemos recordar la naturaleza técnica extrema de una guerra de tal género, que la hace aparecer no tanto como una guerra del hombre contra el hombre sino más bien como una guerra de la máquina, del material, y de todo lo ideado por una ciencia puesta al servicio para objetivos de la destrucción radical contra el hombre. Podemos preguntarnos, en tal guerra, qué margen le queda al tipo tradicional del guerrero y del héroe. La respuesta es que lo que está en juego aquí es lo que los asiáticos llaman karma. Al hombre moderno no le queda ninguna otra opción. Podemos estar ciertamente de acuerdo con la opinión de Ernst Jünger, según la cual el hombre moderno, al crear la tecnología para dominar la Naturaleza, ha firmado un pagaré que no está sujeto a descuento, y además a través de un tipo de guerra en la cual la tecnología se vuelve contra él y lo amenaza con la destrucción no sólo física sino también espiritual [6].

[6] Es significativo que Jünger no haya sido un simple "escritor" sino también un oficial, un voluntario combatiente, herido muchas veces, y condecorado, entre otras, con la máxima medalla alemana al valor.

     Así, todo lo que se necesita es enfrentarse a su propia creación y competir con ella, cosa imposible a menos que sea creada casi una nueva dimensión interior, la cual, en el caso límite de la guerra, se manifestará en la forma de un heroísmo frío, lúcido y complejo, un heroísmo en el cual el elemento romántico, instintivo y patriota está ausente, y en el cual, junto a una preparación técnica más precisa, encontramos una disposición a sacrificarse, es decir, la capacidad del hombre de afrontar, e incluso amar, las situaciones más destructivas mediante la posibilidad que, en su carácter elemental, se le ofrece para coger, como un ápice, lo que puede ser llamado la "persona absoluta". Y todo esto, en una cierta medida al menos, tendrá que extenderse a una nación entera, dado que en la moderna "guerra total" la distinción entre combatientes y no-combatientes se relativiza.

     Se puede decir, por lo tanto, que la guerra moderna conducirá sólo a una transformación de la disposición heroica, y que su naturaleza cada vez más técnica constituirá una especie de prueba de fuego, donde tal disposición asume una forma esencial, se purifica y casi se des-individualiza, uniéndose a formas particulares y complejas de control, de lucidez, de dominio. Tal presuposición de heroísmo puramente espiritual y simple, es quizá la única que es todavía posible.

     Naturalmente, en estos términos el heroísmo asume un valor autónomo como pura experiencia, como realización individual. Ahora las circunstancias en los tiempos modernos parecen tales que aquellos que todavía quieren ser héroes y guerreros deben colocar esos valores en un primer plano. En una novela escrita durante el clímax de la Segunda Guerra Mundial, un personaje termina diciendo: "Es un lujo poder luchar por una causa justa". Éste es un testimonio significativo acerca de la profunda desconfianza que se ha difundido en cuanto al trasfondo ideológico de las recientes guerras, un trasfondo formado por mentiras y ficciones. Así, bien puede darse que las guerras muestren cada vez más los supuestos caracteres atribuídos a ellas por cierta sociología, rasgos similares a aquellos de los fenómenos elementales e inevitables de la Naturaleza, y el resultado es la relativización del significado y el valor de la "causa" en nombre de la cual, en un caso u otro, se lucha.

     Se puede pensar que concebir el asunto en estos términos, que tienen un efecto desmoralizante y derrotista, no podrá ser evitado. Por supuesto, será así, pero sólo en aquellos que tienen una actitud pasiva frente al fenómeno de la guerra y que en su espíritu son simplemente burgueses. Para otros, se tratará sólo de invertir la relación desde los medios al fin: el valor de la "causa" consistirá en su susceptibilidad para convertirse, a su vez, en un simple medio, para la realización de la experiencia como "valor autónomo". Más allá de toda destrucción, de toda ideología y de los "ideales", esta realización permanecerá como una cosa intangible e inalienable. Sin embargo, no es la visión de la vida respaldada por las democracias modernas la que propiciará esta eventual inversión de perspectivas. Los tiempos que nos esperan, a pesar de la euforia por la "segunda revolución industrial", hacen muy probable que permanecer de pie espiritualmente y perdurar incluso más allá de pruebas y destrucciones extremas será posible sólo en tales condiciones.

     Como un último punto, notaremos que la situación ya mencionada podría, en cierta medida, propiciar un retorno al estilo que ha sido propio de los Estados guerreros y que se perdió en la época de las democracias, las revoluciones y el nacionalismo. Para una tradición guerrera, e incluso para una franca tradición militar, el odio es desconocido como la base de la guerra. Se puede reconocer la necesidad de luchar e incluso de exterminar a otro pueblo, pero eso no implica el odio, la cólera, la animosidad y el desprecio por el enemigo. Todos esos sentimientos, para un verdadero soldado, son una cosa degradante: para combatir él no necesita ser motivado por tales bajos sentimientos, ni tampoco necesita ser exaltado en base a una propaganda, una retórica llena de humo, y mentiras. Todas esas cosas han entrado en juego con la plebeyización de la guerra, ya que los hombres que han sido formados por una natural tradición guerrera o militar aristocrática han sido colectivamente sustituídos por la "nación en armas", es decir, por las masas reclutadas indiscriminadamente por una conscripción obligatoria, mientras que paralelamente el Estado tradicional comenzó a desaparecer y surgieron los Estados nacionales, movidos por pasiones, odios y orgullo propio colectivos.

     A fin de movilizar a las masas, es necesario intoxicarlas o engañarlas, con el resultado, de hecho, de envenenar la guerra con factores pasionales, ideológicos y propagandísticos que le han conferido y le siguen confiriendo el carácter más atroz y deplorable. Los Estados tradicionales no tuvieron necesidad de eso. Ellos no necesitaron crear un pathos chauvinista ni casi una psicosis a fin de movilizar a sus tropas e incrementar su "moral". Para eso bastaba el principio puro del Imperium y la referencia a los principios de la lealtad y el honor. Objetivos claramente definidos eran establecidos para una guerra necesaria que era emprendida en una manera desapegada, para que no dejara una huella de odio y desprecio entre los combatientes.

     De esto se puede ver que también en este aspecto las perspectivas se invierten: en la época de las democracias la guerra misma es degradada y acompañada por una exasperación y un radicalismo que eran desconocidos en la época del presunto militarismo y de los "Estados militares". Además, las guerras parecen desencadenarse cada vez más por factores incontrolables, precisamente porque tales son las pasiones e intereses que predominan en los Estados democráticos, que carecen del principio de la soberanía pura. Y la inevitable consecuencia de eso es que los conflictos adquieren un carácter cada vez más irracional, que conduce a lo que menos se había previsto y deseado, y su trágico balance es a menudo negativo, sólo en términos de una "matanza inútil" o una contribución adicional al desorden universal.

     Ahora bien, la tecnificación de la guerra moderna, por un lado, y la creciente disolución del tejido de los mitos democráticos, por otro, pueden conducir a una purificación de la guerra en aquellos que, a pesar de todo, no podrían evitarla; y, donde actúan los correspondientes factores políticos, no podemos excluír la posibilidad de que el efecto total pueda ser un retorno parcial a la normalidad.

     Aquí no hemos considerado oportuno detenernos en particular en la "guerra nuclear", por varias razones. En primer lugar, porque parece que el arma termonuclear tendrá durante un buen tiempo el efecto de ser un "elemento disuasivo", al desalentar a cada uno de los bloques contrapuestos de tomar iniciativas en las cuales el riesgo sería en todo caso enorme y preciso. En segundo lugar, el uso parcial de esas armas implicará además inevitablemente, como un complemento, una guerra emprendida con armas convencionales, en un complejo para el cual las consideraciones presentadas hasta ahora son todavía en general válidas. El caso límite de una guerra nuclear total, a la cual se le suelen asociar visiones apocalípticas, puede ser descartado, porque eso sellaría, en la economía cósmica, el destino de toda una civilización condenada.

     Tampoco deberíamos considerar aquí la idea de un "Estado mundial" o "universal" como alternativa: alternativa utópica desde el momento en que, después de posteriores colapsos, la nivelación completa de la Humanidad se ha convertido en un hecho consumado.–






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