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domingo, 12 de noviembre de 2017

Arthur de Gobineau - Recapitulación y Conclusión



     El libro del famoso conde Arthur de Gobineau (1816-1882) Essai sur l'Inégalité des Races Humaines (1853-1855) está dividido en seis libros, de los cuales, tomados de la traducción castellana de Francisco Susanna de 1937, presentamos aquí el capítulo XVI y final del libro primero, y la conclusión general (menos unos pocos párrafos) que aparece tras el final del libro sexto. En el primer texto, que es una recapitulación de esa primera parte, el autor a la vez plantea el esquema de su trabajo que llevará a cabo en el resto de la obra. La conclusión general tras realizar su labor expositiva es altamente decidora y significativa, pues en ella se percibe claramente la visión sombría que Gobineau supone que se le depara a la civilización y la Humanidad, lo cual, a más de 160 años de ser formulada, se constituye como una especie de profecía o visión anticipada, lo que a su vez disipa mucho mito que en torno a él se ha tejido.





CAPÍTULO XVI

Recapitulación. Caracteres respectivos de las tres grandes razas;
efectos sociales de las mezclas; superioridad del tipo blanco
y, dentro de este tipo, de la familia ariana.


     He mostrado el lugar reservado que ocupa nuestra especie en el mundo orgánico. Se ha podido ver que de todas las otras clases de seres vivientes la separan profundas diferencias físicas y diferencias morales no menos acusadas. Colocadas así aparte, la he estudiado en sí misma, y la fisiología, aunque incierta en sus vías, poco segura en sus medios y defectuosa en sus métodos, me ha permitido, sin embargo, distinguir tres grandes tipos netamente diferentes: el negro, el amarillo y el blanco.

     La variedad melania [negra] es la más humilde y yace en lo más bajo de la escala. El carácter de animalidad impreso en la forma de su pelvis le impone su destino, a partir del momento de la concepción. Nunca saldrá del círculo intelectual más restringido. Ese negro de frente estrecha y huidiza, no es, sin embargo, un bruto puro y simple que ofrece, en la parte media de su cráneo, los indicios de ciertas energías groseramente poderosas. Si sus facultades pensantes son mediocres o incluso nulas, posee, en cambio, en el deseo y, por consiguiente, en la voluntad, una intensidad a menudo terrible. Varios de sus sentidos se han desarrollado con un vigor desconocido en las otras dos razas: el gusto y el olfato sobre todo.

     Pero en esto, principalmente, en la avidez misma de sus sensaciones, se encuentra el sello manifiesto de su inferioridad. Todos los alimentos se le antojan buenos, ninguno le repugna. Lo que desea es comer, comer con exceso, con furor; no hay repugnante carroña indigna de ser engullida por él.

     Lo mismo le pasa con los olores, y su sensualidad tolera no sólo los más ingratos, sino también los más repulsivos. A estos rasgos principales de carácter junta una inestabilidad de humor, una variabilidad de sentimientos que nada puede fijar, y que anula, para él, lo mismo la virtud que el vicio. Se dirá que la misma exaltación con que persigue el objeto que ha puesto en vibración su sensibilidad e inflamado su codicia, es garantía del pronto apaciguamiento de la primera y del rápido olvido de la segunda. En fin, siente igualmente escaso apego a su vida y a la ajena; mata gustosamente por matar, y esa máquina humana, tan fácil de emocionar, se muestra, ante el sufrimiento, o de una cobardía que apela fácilmente a la muerte, o de una impasibilidad monstruosa.

     La raza amarilla resulta ser la antítesis de ese tipo. El cráneo, en vez de ser echado hacia atrás, se inclina precisamente hacia adelante. La frente, ancha, huesuda, a menudo saliente, desarrollada en altura, pesa sobre una faz triangular, en la que la nariz y el mentón no muestran ninguno de los salientes groseros y rudos que distinguen al negro. Una tendencia general a la obesidad no es un rasgo verdaderamente propio de ella, aunque se encuentra con más frecuencia en las tribus amarillas que en las otras variedades. Escaso vigor físico, propensión a la apatía. En lo moral, ninguno de esos extraños excesos, tan comunes en los melanios. Deseos débiles, una voluntad más bien obstinada que extrema, un gusto perpetuo pero apacible por los goces materiales; con una rara glotonería, se muestra más exigente que los negros en los alimentos destinados a satisfacerla. En todo, tendencia a la mediocridad; comprensión bastante fácil de lo que no es ni demasiado elevado ni demasiado profundo; amor a lo útil, respeto de la regla, conciencia de las ventajas de ciertas dosis de libertad.

     Los amarillos son gente práctica en el sentido estricto de la palabra. No sueñan, no aman las teorías, inventan poco, pero son capaces de apreciar y adoptar lo que sirve. Sus deseos se limitan a vivir lo más tranquila y cómodamente posible. Se ve que son superiores a los negros. La raza amarilla posee un populacho, una pequeña burguesía, que todo civilizador desearía escoger como base de su sociedad; no es, sin embargo, el elemento adecuado para crear esa sociedad ni darle nervio, belleza y espíritu de acción.

     Vienen ahora los pueblos blancos. Energía reflexiva, o, por mejor decir, una inteligencia enérgica; conocimiento de lo útil, pero en un sentido de la palabra muchísimo más amplio, más elevado, más animoso, más ideal que en las naciones amarillas; una perseverancia que se da cuenta de los obstáculos y encuentra, a la larga, los medios de salvarlos; junto con una mayor energía física, un instinto extraordinario del orden, no ya sólo como garantía de reposo y de paz sino como medio indispensable de conservación, y, al mismo tiempo, un gusto pronunciado por la libertad, incluso extrema; una hostilidad manifiesta contra aquella organización formalista en la cual se adormecen de buen grado los chinos, así como contra el altanero despotismo, único freno eficaz entre los pueblos negros.

     Los blancos se distinguen también por un amor singular de la vida. Parece que, sabiendo gustar mejor de ella, le atribuyen más valor, y la respetan más, en sí mismos y en los otros. Su crueldad, cuando se manifiesta, tiene conciencia de sus excesos, sentimiento muy problemático en los negros. Al mismo tiempo, esta vida, que tan admirablemente saben llenar y que consideran tan preciosa, no vacilan en sacrificarla sin murmurar en aras de un ideal o de un principio. El primero de estos móviles es el honor, que, bajo nombres más o menos análogos, ha ocupado un lugar enorme en las ideas, desde el origen de la especie. No necesito añadir que el vocablo honor y la noción civilizadora que encierra son igualmente desconocidos para los amarillos y para los negros.

     Para terminar el cuadro, añadiré que la inmensa superioridad de los blancos, en la esfera total de la inteligencia, se asocia a una inferioridad no menos manifiesta en la intensidad de las sensaciones. El blanco está mucho menos dotado que el negro y el amarillo desde el punto de vista sensual. Se siente así menos solicitado y menos absorbido por la acción corporal, aunque su estructura sea notablemente más vigorosa.

     Tales son los tres elementos constitutivos del género humano, los que he llamado tipos secundarios, ya que he creído deber dejar al margen de la discusión al individuo adamita. De la combinación de las variedades de cada uno de esos tipos, enlazándose entre sí, han salido los grupos terciarios. Las cuartas formaciones han nacido del enlace de uno de esos tipos terciarios o de una tribu pura con otro grupo perteneciente a una o dos especies extrañas.

     Por encima de esas categorías, otras se han manifestado y se manifiestan cada día. Unas, muy caracterizadas, formando nuevas originalidades diferentes, puesto que provienen de fusiones definitivas; otras, incompletas, desordenadas y, cabe decir, antisociales, puesto que sus elementos, ya demasiado dispares, ya harto numerosos e ínfimos, no han tenido ni tiempo ni modo de penetrarse de una manera fecunda. A la multitud de todas estas razas mestizas tan abigarradas que componen ahora la Humanidad entera, no cabe asignar otros límites que la posibilidad pavorosa de combinaciones de números.

     Sería inexacto pretender que todas las mezclas son malas y dañinas. Si los tres grandes tipos, permaneciendo estrictamente separados, no se hubiesen unido entre sí, sin duda la supremacía habría sido siempre retenida por las tribus blancas más bellas, y las variedades amarillas y negras se hubieran arrastrado eternamente a los pies de las naciones más insignificantes de aquella raza. Es un estado en cierto modo ideal, que la Historia no ha conocido. No podemos imaginarlo sino reconociendo el incuestionable predominio de aquellos grupos nuestros que se han conservado más puros.

     Pero todo no hubiera sido ganancia en una situación semejante. La superioridad relativa, al persistir de una manera más evidente, no hubiese andado —hay que reconocerlo— acompañada de ciertas ventajas producidas por las mezclas, y que, aunque no contrabalanceen, ni con mucho, la suma de sus inconvenientes, no resultan menos dignas de ser a veces aplaudidas. Así el genio artístico, igualmente extraño a los tres grandes tipos, no surgió sino a raíz del enlace de los blancos con los negros. Así también, gracias al nacimiento de la variedad malaya, surgió de las razas amarillas y negras una familia más inteligente que tales razas, y de la alianza amarilla y blanca surgieron asimismo tipos intermedios muy superiores a los pueblos puramente fineses así como a las tribus melanias.

     No lo niego: son todos éstos excelentes resultados. El mundo de las artes y de la noble literatura resultante de las mezclas de la sangre, las razas inferiores mejoradas, ennoblecidas, son otras tantas maravillas ante las cuales hay que aplaudir. Los pequeños han sido elevados. Desgraciadamente, los grandes, por efecto de lo mismo, han sido empequeñecidos, y es un mal que nada recompensa ni repara. Puesto que enumero todo lo que resulta favorable a las mezclas étnicas, añadiré todavía que a ellas se debe no poco el refinamiento de las costumbres y de las creencias, y sobre todo la moderación de las pasiones e inclinaciones. Pero se trata de beneficios transitorios, y si bien reconozco que el mulato, del que cabe hacer un abogado, un médico, un comerciante, vale más que su antepasado negro, enteramente inculto e inútil, debo confesar también que los Brahmanes de la India primitiva, los héroes de la Ilíada, los de Schahnameh, los guerreros escandinavos, todos ellos fantasmas gloriosísimos de las razas más bellas, hoy desaparecidas, ofrecían una imagen más brillante y más noble de la Humanidad; eran sobre todo agentes de civilización y de grandeza más activos, más inteligentes, más seguros que los pueblos mestizos, cien veces mestizos, de la época actual, ya que eran puros.

     Sea lo que fuere, el estado complejo de las razas humanas es el estado histórico, y una de las principales consecuencias de esta situación ha sido hundir en el desorden una gran parte de los caracteres primitivos de cada tipo. Se ha visto, a consecuencias de enlaces multiplicados, no sólo disminuír en intensidad las prerrogativas, sino también separarse, dispersarse y formar a menudo contraste. La raza blanca poseía originariamente el monopolio de la belleza, de la inteligencia y de la fuerza. A raíz de sus uniones con las otras variedades, aparecieron mestizos bellos pero carentes de vigor, fuertes pero desprovistos de inteligencia, y si inteligentes, sumamente feos y débiles.

     Ocurrió también que la mayor abundancia posible de sangre blanca, cuando se acumulaba, no de un solo golpe sino por capas sucesivas, en una nación, no le aportaba ya sus prerrogativas naturales. A menudo no hacía más que aumentar la confusión ya existente en los elementos étnicos y no parecía conservar de su cualidad nativa sino una gran fuerza en la fecundación del desorden. Esta aparente anomalía se explica fácilmente, puesto que cada grado de mezcla perfecta produce, además de una alianza de elementos diversos, un tipo nuevo, un desarrollo de facultades particulares. Tan pronto como a una serie de creaciones de este género vienen a juntarse todavía otros elementos, la dificultad de armonizar el todo crea la anarquía, y cuanto más aumenta esta anarquía, más pierden en mérito las más ricas y felices aportaciones, y, por el solo hecho de su presencia, aumentan un mal que se ven incapaces de calmar.

     Si, pues, las mezclas son, dentro de cierto límite, favorables a la masa de la Humanidad, y la mejoran y ennoblecen, no es sino a expensas de esta misma Humanidad, puesto que la rebajan, la enervan, la humillan, la decapitan en sus más nobles elementos, y cuando incluso se quisiera admitir que es mejor transformar en hombres mediocres a miríadas de seres ínfimos que conservar razas de príncipes cuya sangre, subdividida, empobrecida, adulterada, se convierte en el elemento envilecido por semejantes metamorfosis, subsistiría aún el infortunio de que las mezclas no se interrumpen; que los hombres mediocres, no ha mucho formados a expensas de lo que era grande, se unen a nuevas mediocridades, y que de esas uniones, cada vez más envilecidas, nace una confusión que, semejante a la de Babel, conduce a la más completa impotencia, y lleva a las sociedades a la nada, para la que no hay remedio alguno.

     Es esto lo que nos enseña la Historia. Ésta nos muestra que toda civilización proviene de la raza blanca, que ninguna puede existir sin el concurso de esta raza, que una sociedad no es grande y brillante sino en el grado en que conserva al noble grupo que la creara, y en que este mismo grupo pertenece a la rama más ilustre de la especie. Para exponer estas verdades a plena luz, basta enumerar y luego examinar las civilizaciones que han reinado en el mundo, cuya lista no es por cierto muy larga.

     Del seno de esta multitud de naciones desaparecidas o todavía existentes, únicamente diez se elevaron al estado de sociedades completas. El resto, más o menos independiente, gravita a su alrededor como los planetas en torno a sus soles. Si en esas diez civilizaciones se encuentra, sea un elemento de vida extraño a la impulsión blanca, sea un elemento de muerte que no provenga de las razas anexionadas a los civilizadores, o del hecho de los desórdenes introducidos por las mezclas, es evidente que toda la teoría expuesta en estas páginas es falsa.

     Si, por el contrario, las cosas resultan tal como las expongo, la nobleza de nuestra especie queda demostrada de la manera más irrefragable, y ya no hay medio de impugnarla. Es ahí donde se encuentran, pues, a un tiempo, la sola confirmación suficiente y el detalle deseable de las pruebas del sistema. Es ahí únicamente donde se puede seguir, con suficiente exactitud, el desarrollo de esta afirmación fundamental, según la cual los pueblos no degeneran sino por efecto y en proporción de las mezclas que experimentan, y en la medida de la calidad de esas mezclas; que, cualquiera que sea esta medida, el golpe más rudo con que quepa hacer vacilar la vitalidad de una civilización, estriba en que los elementos reguladores de las sociedades y los elementos desarrollados por los hechos étnicos alcancen aquel grado de multiplicidad en el cual es imposible que se armonicen y tiendan de una manera sensible hacia una homogeneidad necesaria, y, por consiguiente, lleguen a poseer, con una lógica común, aquellos instintos y aquellos intereses comunes, solas y únicas razones de ser de un lazo social. No hay mayor azote que este desorden, pues, por malo que resulte así el tiempo presente, prepara un porvenir todavía peor.

     Para proceder a estas demostraciones, voy a abordar la parte histórica de mi estudio. Es una tarea vasta, lo reconozco; sin embargo, se presenta tan reciamente encadenada en todas sus partes, y, aquí, tan concordante, convergiendo tan estrictamente hacia el mismo objetivo, que, lejos de sentirse embarazada con su grandeza, paréceme que saca de ella una poderosa ayuda para mejor establecer la solidez de los argumentos que voy a recoger. Me será preciso, sin duda, recorrer, con las emigraciones blancas, gran parte de nuestro Globo. Pero será siempre irradiando alrededor de las regiones de la Alta Asia, punto central de donde la raza civilizadora descendió primitivamente.

     Tendré que introducir, una tras otra, en la esfera de la Historia regiones que, una vez incorporadas a ella, no cabrá ya echar a un lado. Aquí veré desplegarse, con todas sus consecuencias, las leyes étnicas y su combinación. Observaré con qué inexorable y monótona regularidad imponen su aplicación. Del conjunto de esta visión, a buen seguro muy imponente; del aspecto de este panorama animado que abraza, dentro de su inmenso marco, a todos los países de la Tierra en los cuales el hombre se mostró verdaderamente dominador; en fin, de este concurso de cuadros igualmente impresionantes y grandiosos sacaré, para establecer la desigualdad de las razas humanas y la preeminencia de una sola sobre todas las demás, pruebas incorruptibles como el diamante, y en las cuales el diente viperino de la idea demagógica no podrá morder. Voy, pues, a abandonar aquí la forma de la crítica y del razonamiento, para adoptar la de la síntesis y de la afirmación. No me queda más que dar a conocer bien el terreno sobre el cual me establezco. Seré breve.

     He dicho que las grandes civilizaciones humanas no son sino en número de diez y que todas se deben a la iniciativa de la raza blanca. Hay que poner al comienzo de la lista:

I. La civilización hindú. Se extendió por el mar de las Indias hacia el Norte y el Este del continente asiático, más allá del Brahmaputra. Su hogar se encontraba en una rama de la nación blanca de los arios.

II. Vienen luego los egipcios. Alrededor de ellos se agrupan los etíopes, los nubienses, algunos pequeños pueblos que habitan al Oeste oasis de Ammon. Una colonia ariana de la India, establecida en lo alto del valle del Nilo, creó esa sociedad.

III. Los asirios, con los cuales se enlazan los judíos, los fenicios, los lidios, los cartagineses, los himiaritas, debieron su inteligencia social a aquellas grandes invasiones blancas a las cuales puede conservarse el nombre de descendientes de Cam y de Sem. En cuanto a los zoroástricos iranios que dominaron en el Asia Anterior bajo el nombre de medos, de persas y de bactrianos, eran una rama de la familia aria.

IV. Los griegos habían surgido del mismo tronco ario, y fueron los elementos semíticos quienes modificaron tal rama.

V. Un parecido de lo que ocurre en Egipto se encuentra en China. Una colonia aria, llegada de la India, aportó allí las luces sociales. Únicamente que en vez de mezclarse, como en las orillas del Nilo, con pueblos negros, se fundió con masas malayas y amarillas, y recibió, además, por el Nordeste, aportaciones bastante numerosas de elementos blancos, igualmente arios, pero no ya hindúes.

VI. La antigua civilización de la península itálica, de donde salió la cultura romana, fue un mosaico de celtas, de iberos, de arios y de semitas.

VII. Las razas germánicas, que transformaron, en el siglo V, el genio de Occidente. Eran arias.

VIII, IX, X. Bajo estas cifras, clasificaré las tres civilizaciones de América, las de los Alleghanienses, de los mejicanos y de los peruanos.

     De las siete primeras civilizaciones, que son las del antiguo mundo, seis pertenecen, al menos en parte, a la raza aria, y la séptima, la de Asiria, debe a esa misma raza el renacimiento iranio, que constituyó su más ilustre momento histórico. Casi todo el continente de Europa está ocupado actualmente por grupos en los cuales existe el principio blanco, pero en que predominan los elementos no arios. Nada de verdadera civilización en las naciones europeas cuando las ramas arias no han dominado.

     Dentro de las diez civilizaciones, ni una sola raza melania ocupa el rango de los iniciadores. Únicamente los mestizos alcanzan el rango de iniciados. Igualmente, nada de civilizaciones espontáneas en las naciones amarillas, y completo estancamiento cuando se ha agotado la sangre aria. He aquí el tema cuyo riguroso desenvolvimiento voy a seguir en los anales universales. La primera parte de mi obra termina aquí.


* * * *

CONCLUSIÓN GENERAL


     La Historia humana semeja una tela inmensa. La Tierra es el telar en donde se halla tendida. Los siglos reunidos son sus infatigables artesanos. No nacen sino para coger la lanzadera y hacerla correr por la urdimbre; no la dejan sino para morir. Así, bajo esos dedos atareados, va desarrollándose el vasto tejido. La tela no resulta de un solo color ni se compone de una sola y única materia. Lejos de ser la inspiración de la sobria Palas quien trazara sus dibujos, el aspecto de éstos recuerda más bien el método de los artistas de Cachemira. Los colores más abigarrados y las líneas más extrañas y caprichosas se complican ahí de la manera más sorprendente, y a fuerza de diversidad y de riqueza, contrariamente a todas las leyes del gusto, es cómo resulta esta obra, incomparable por su grandeza, también incomparable en hermosura.

     Las dos variedades inferiores de nuestra especie, la raza negra y la raza amarilla, son el fondo basto —el algodón y la lana que las familias secundarias de la raza blanca suavizan con su seda—, al paso que el grupo ario, haciendo circular sus hilillos más tenues a través de las generaciones ennoblecidas, aplica a su superficie —deslumbrante obra maestra— sus arabescos de plata y oro.

     La Historia es una, y cuantas anomalías presenta pueden tener su explicación y entrar en las reglas comunes si la vista y el pensamiento, cesando de concentrarse con loca obstinación en puntos aislados, procuran abarcar el conjunto, recoger en él los hechos análogos, compararlos y sacar una conclusión rigurosa de las causas mejor estudiadas y por lo mismo mejor comprendidas de su identidad fundamental; pero el espíritu del hombre es de suyo tan débil que al acercarse a las ciencias su primer instinto es simplificarlas, lo que generalmente significa mutilarlas, empequeñecerlas, despojarlas de cuanto estorba y hiere su debilidad, y sólo cuando ha conseguido desfigurarlas ante quien las mira con ojos más clarividentes, es cuando las encuentra bellas, porque le resultan fáciles; sin embargo, despojadas de parte de sus tesoros, no pueden ofrecer sino elementos asaz a menudo desprovistos de vida. Y apenas se da cuenta de ello la Historia no es una ciencia constituída de distinto modo que las demás. Se presenta compuesta de mil elementos en apariencia homogéneos, los cuales, bajo múltiples enlaces, esconden o disfrazan una raíz que penetra a grandes profundidades. Podar de ella lo que turba la vista, es quizás hacer brotar un poco de claridad sobre los vestigios que se habrán conservado, pero es también alterar inevitablemente la medida y, por lo tanto, la importancia relativa de las partes y hacer imposible para siempre la penetración del sentido real del todo. [...]

     Acabamos de vislumbrar que el límite inmediato ante el cual esa potencia se detiene está determinado por la resistencia del centro político en cuyo seno se mueve. Un centro político, reunión colectiva de voluntades humanas, posee por sí mismo una voluntad; indiscutiblemente es así. Un centro político o, en otras palabras, un pueblo, tiene sus pasiones y su inteligencia. Pese a la multiplicidad de cabezas que lo forman, posee una individualidad mixta, resultante de la concurrencia de todas las nociones, de todas las tendencias y de todas las ideas que la masa le sugiere. Unas veces refleja el término medio, otras la exageración; ora habla como la minoría, ora se siente arrastrado por los más o aun se mueve por una inspiración mórbida e inesperada, que nadie confiesa. En fin, un pueblo, tomado colectivamente y en sus diversas funciones, es un ser tan real como si se le viera condensado en un solo cuerpo. La autoridad de que dispone es más intensa, más sostenida, y al mismo tiempo menos segura y menos durable, puesto que es más instintiva que voluntaria, más negativa que afirmativa y, en todo caso, es menos directa
que la de los individuos aislados.

     Un pueblo está expuesto a cambiar de miras diez y más veces en el espacio de un siglo, y esto es lo que explica las falsas decadencias y las falsas regeneraciones. En un intervalo de pocos años se muestra propicio a conquistar a sus vecinos y luego a ser conquistado por ellos; amante de sus leyes y sometido a ellas, y después ávido de sublevarse para aspirar unas horas más tarde a una nueva servidumbre. Pero, sumido en la estrechez, en el marasmo o en la desgracia, lo vemos acusar incesantemente a sus gobernantes de todo lo que sufre: prueba evidente de que tiene conciencia de una debilidad orgánica que reside en él y que proviene de la imperfección de su personalidad.

     Un pueblo tiene siempre necesidad de un hombre que comprenda su voluntad, que la resuma, la explique y lo conduzca allá donde debe ir. Si el hombre se engaña, el pueblo resiste y se levanta luego para seguir al que no se engaña. Es la señal evidente de la necesidad de una relación constante entre la voluntad colectiva y la voluntad individual. Para que haya un resultado positivo es preciso que esas dos voluntades se unan; separadas, son infecundas. De ahí proviene que la monarquía sea la única forma de gobierno racional.

     Pero fácilmente se advierte que el príncipe y la nación reunidos no hacen sino sacar partido de aptitudes o capacidades, conjurando influencias nefastas, procedentes de un dominio exterior a uno y a otra. En muchos casos en que un jefe ve el camino que su gente quisiera emprender, no es culpa suya si esa misma gente carece de las fuerzas necesarias para llevar a cabo la tarea indispensable; asimismo un pueblo, una multitud, no puede procurarse los conocimientos de que carece y que debería poseer, para evitar catástrofes hacia las que corre aun concibiéndolas, aun temiéndolas, aun gimiendo a causa de ellas.

     He aquí, sin embargo, que el más terrible de los infortunios se abate sobre una nación. La imprevisión o la locura, o la impotencia de sus guías, conjurados con sus propios errores, la llevan a la ruina. La nación cae bajo el sable del más fuerte, se ve invadida y anexionada a otros Estados. Sus fronteras se borran, y sus desgarrados estandartes van a engrosar triunfalmente con sus jirones los estandartes de los vencedores. ¿Acaba ahí su destino?. Según los analistas, la afirmación no ofrece dudas. Todo pueblo sojuzgado no cuenta ya para nada, y si se trata de épocas lejanas y un tanto tenebrosas, la pluma del escritor no duda en borrarlo incluso de la lista de los vivientes y en declararlo materialmente desaparecido.

     Pero si menospreciando justamente una conclusión tan superficial procuramos descubrir la realidad, hallaremos que una nación, políticamente abolida, continúa subsistiendo sin otra modificación que la de llevar un nombre nuevo que conserva sus propias maneras, su alma, sus facultades, y que influye de un modo conforme a su antigua naturaleza, sobre los pueblos con quienes convive. No es, pues, la forma políticamente agregativa la que da la vida intelectual a las multitudes y les inspira una manera de ser. Todo eso lo tienen sin poseer fronteras propias. Esos dones provienen de un impulso supremo que reciben de un dominio superior a ellas mismas. Aquí se abren esas regiones inexploradas en que el horizonte extraordinariamente enganchado no libra ya solamente a la mirada el territorio limitado de tal o cual reino o de tal o cual república, ni las estrechas fluctuaciones de las gentes que las habitan, sino que muestra todas las perspectivas de la sociedad que las contiene, con los grandes engranajes, y los poderíos móviles de la civilización que las anima.

     El nacimiento, el desarrollo y el eclipse de una sociedad y de su civilización constituyen fenómenos que sitúan al observador muy por encima de los horizontes que los historiadores le hacen ver de ordinario. En sus causas iniciales, estos fenómenos no traen ninguna huella de las pasiones humanas ni de las determinaciones populares, materiales demasiado frágiles para ocupar sitio en una obra de tan larga duración. Sólo se reconocen ahí los distintos modos de inteligencia concedidos a las diferentes razas y a sus combinaciones. Y aun no se les percibe sino en sus partes más esenciales, las más libres de la autoridad del libre albedrío, las más nativas, las más rarificadas, en una palabra, las más fatales, aquellas que el hombre o la nación no pueden darse ni borrarse, y cuyo uso no se puede prohibir o forzar.

     Así es cómo se desenvuelven, por encima de toda acción transitoria y voluntaria que emane del individuo o de la multitud, unos principios generadores que producen sus efectos con una independencia y una impasibilidad imperturbable. De la esfera libre, absolutamente libre, donde se combinan y operan, el capricho del hombre o de una nación no puede hacer brotar ningún resultado fortuito. En el orden de las cosas inmateriales existe un ambiente soberano donde se agitan fuerzas activas, principios vivificantes en comunicación perpetua tanto con el individuo como con la masa, cuyas inteligencias respectivas, conteniendo algunas parcelas idénticas a la naturaleza de aquellas fuerzas, se hallan así preparadas y eternamente dispuestas para recibir su impulso.

     Esas fuerzas activas, esos principios vivificantes o, si se quiere concebirlos bajo una idea concreta, esa alma, que hasta ahora ha permanecido inadvertida y anónima, debe ser elevada al rango de los agentes cósmicos de primer grado. En el seno del mundo intangible, esa alma llena funciones análogas a las que la electricidad y el magnetismo ejercen sobre otros puntos de la creación y, como estas dos influencias, se manifiesta por sus funciones, o más exactamente, por algunas de sus funciones, pero no se puede aprehender, describir o apreciar en sí misma, en su naturaleza propia y abstracta, en su totalidad.

     Nada prueba que esa alma sea una emanación del hombre y de los cuerpos políticos. Vive por ellos, al parecer; vive para ellos ciertamente. La medida de vigor y de salud de las civilizaciones es también la medida de su vigor y de su salud; pero si se observa que es precisamente al eclipsarse las civilizaciones cuando esa alma alcanza a menudo su mayor grado de expansión y de fuerza entre ciertos individuos y entre ciertas naciones, se llegará forzosamente a la conclusión de que puede ser comparada a una atmósfera respirable que, en el plano de la creación, no tiene razón de ser sino en tanto deba vivir la sociedad a la cual envuelve y anima; y que, en el fondo, le es tan ajena como exterior, y que es su rarefacción la que trae la muerte de esa sociedad, pese a la provisión de aire que pueda poseer todavía, cuando el manantial vivificador ha cesado de manar.

     Las manifestaciones apreciables de esa gran alma parten de la doble base que en otro sitio he llamado masculina y femenina. Se recordará, por lo demás, que al escoger estas denominaciones, sólo tuve presente una actitud subjetiva, por una parte, y, por otra, una facultad objetiva, sin correlación con ninguna idea de supremacía de uno de estos focos sobre el otro. De ahí se difunde, en dos corrientes de cualidades diversas, hasta en las más mínimas fracciones, hasta en las últimas moléculas de la aglomeración social que su incesante circulación dirige; y esas corrientes son los dos polos hacia los cuales gravitan y de los que sucesivamente se alejan.

     Siendo en primer término la existencia de una sociedad un efecto que el hombre no puede producir ni impedir, no entraña para él ningún resultado del que sea responsable. En ello nada tiene que ver la moralidad. En sí misma, una sociedad no es ni virtuosa ni viciosa, no es ni sabia ni loca; una sociedad es. No es de la acción de un hombre, ni de la decisión de un pueblo de donde se deriva el acontecimiento que la funda. El medio a través del cual pasa para llegar a la existencia positiva debe estar dotado de los elementos étnicos necesarios, absolutamente como ciertos cuerpos, para servirme de una comparación que acude siempre a la mente, absorben fácil y abundantemente el agente eléctrico y son buenos para dispersarlo, mientras que otros apenas se dejan penetrar por él y no saben irradiarlo en torno de sí. No es la voluntad de un monarca o de sus súbditos la que modifica la esencia de una sociedad; lo que la modifica, es, en virtud de las mismas leyes, una mezcla étnica subsiguiente. En fin, una sociedad envuelve a sus naciones como el cielo envuelve a la Tierra; y este cielo, que las exhalaciones de las marismas o las llamas del volcán no alcanzan, semeja, en su serenidad, la imagen perfecta de las sociedades cuyo contenido no puede turbarlas con sus conmociones, mientras que, irresistiblemente, aunque de una manera insensible, lo amoldan ellas a todas sus influencias.

     Esas sociedades imponen a sus habitantes sus géneros de existencia, circunscribiéndoles entre límites que esos esclavos no pretenden siquiera rebasar, admitiendo que tuvieran fuerza para ello. Ellas les dictan los elementos de sus leyes, les inspiran sus voluntades, les designan sus amores, les infunden sus odios y les dictan sus menosprecios. Sometidas siempre a la acción étnica producen las glorias locales por este medio inmediato; por ese mismo conducto implantan el germen de las desdichas nacionales, y, luego, cierto día, arrastran a vencedores y vencidos por una misma pendiente, de la que sólo puede alejarles una nueva acción étnica.

     Si con tanta energía influyen sobre los miembros de los pueblos, no rigen con menos brío a los individuos. Al dejarles y, sin reserva alguna —este punto es muy importante— los méritos de una moralidad cuyas formas, sin embargo, regulan, esas sociedades manejan y modelan en cierta manera sus cerebros en el momento de nacer, y, al indicarles ciertas vías, les cierran otras cuya salida ni tan sólo les permiten ver.

     Así, pues, antes de escribir la historia de un país extraño y pretender explicar los problemas que comprende semejante tarea, es indispensable sondear, escrutar y conocer perfectamente las fuentes y la naturaleza de la sociedad de la que ese país es sólo una fracción. Es preciso estudiar los elementos de que se compone, las modificaciones que ha sufrido, las causas de esas modificaciones y el estado étnico obtenido por la serie de mezclas admitidas en su seno.

     Nos estableceremos así sobre un terreno firme que contendrá las raíces de la materia. Y las veremos crecer, fructificar y echar grano. Y como quiera que las combinaciones étnicas no se han producido nunca a dosis iguales en todos los puntos geográficos comprendidos en el territorio de una sociedad, será preciso particularizar todavía más las investigaciones y revisar con más severidad los descubrimientos que éstas nos proporcionen a medida que nos acerquemos a su objeto. Todos los esfuerzos del espíritu, todos los recursos de la memoria, toda la recelosa perspicacia del juicio son aquí necesarios. Nada estará de más. Se trata de hacer entrar la Historia en la familia de las ciencias naturales; de darle, basándola solamente en hechos tomados de todos los órdenes de nociones capaces de proporcionársela, toda la precisión de esta clase de conocimientos, a fin de substraerla a la jurisdicción interesada cuyas facciones políticas le imponen hasta hoy lo arbitrario.

      Alejar de los caminos dudosos y oblicuos la musa del pasado, para conducir su carro por una vía anchurosa y recta, explorada de antemano y jalonada de estaciones conocidas, no es en detrimento de la majestad de su actitud sino que añade mucho a la autoridad de sus consejos. Ciertamente no vendrá ya, con infantiles gemidos, a acusar a Darío de haber causado la pérdida de Asía, ni a Perseo de la humillación de Grecia; pero tampoco se la verá saludar locamente, en otras catástrofes, los efectos del genio de los Gracos o la omnipotencia oratoria de los Girondinos. Olvidándose de estas miserias, proclamará que las causas irreconciliables de semejantes acontecimientos, cerniéndose en lo alto muy por encima de la participación de los hombres, no interesan a la polémica de los partidos. Dirá qué concurso de motivos invencibles las produce, sin que nadie a ese respecto haya de merecer reproche o elogio, y distinguirá lo que la ciencia no puede menos que hacer constar de cuanto debe comprender la justicia.

     Entonces se dictarán desde su trono soberbio juicios sin apelación y lecciones saludables para las buenas conciencias. Ya se acepte, ya se repudie la evolución de una nacionalidad, sus sentencias, al reducir la participación que el hombre pueda tener en la modificación de ciertas fechas, harán al libre albedrío de cada cual severamente responsable del valor de todos los actos. A los espíritus ruines no les valdrán esos pretextos vanos y esas necesidades ficticias con que hoy se pretende ennoblecer sus crímenes demasiado reales. Basta de perdón para las atrocidades; del castigo no habrán de eximirles unos supuestos servicios. La Historia arrancará todas las máscaras facilitadas por las teorías sofísticas, y, para castigar a los culpables, se armará con los anatemas de la religión. El rebelde ya no será, ante su tribunal, más que un ambicioso impaciente y nocivo. Timoleón no será sino un asesino; Robespierre, un malvado inmundo.

     Para infundir este aliento, este aire y esta importancia desacostumbrada a los anales de la Humanidad, urge variar la manera de componerlos, penetrando animosamente en las minas de verdades que con tan laboriosos esfuerzos se acaban de abrir. Mal razonados recelos no excusarán la menor vacilación.

     Los primeros calculadores que entrevieron el álgebra, espantados de las profundidades que se abrían a sus miradas, le prestaban virtudes sobrenaturales, y la más rigurosa de las ciencias dio pábulo entre ellos a las más insensatas fantasías. Esa manera de ver hizo que los espíritus cuerdos tuviesen durante mucho tiempo por sospechosas las matemáticas; mas tarde, el estudio serio rompió la corteza y tomó el fruto. Los primeros físicos que se fijaron en las osamentas fósiles y en los vestigios marinos de las cumbres de las montañas no dejaron de lanzarse a las divagaciones más repugnantes. Sus sucesores, desechando los sueños, convirtieron la geología en una génesis de la exposición de los tres reinos. Ya no se puede discutir lo que la geología afirma. En etiología sucede lo mismo que con el álgebra y con la ciencia de los Cuvier y de los Beaumont. Puesta por unos al servicio de las más torpes fantasías filantrópicas, es repudiada por otros, que confunden en la injusticia de un mismo menosprecio, junto con el charlatán y su droga, el aroma precioso de que abusa.

     La Etnología es, sin duda, una ciencia joven. Con todo, ha rebasado ya la edad de los primeros balbuceos. Y está lo suficiente avanzada para disponer de un número suficiente de demostraciones sólidas sobre las cuales puede edificarse con toda seguridad. Cada día que pasa le trae las más ricas aportaciones. Entre las diversas ramas de conocimientos que rivalizan en proveerla, la emulación es tan productiva, que apenas le es posible recoger y clasificar los descubrimientos con la rapidez con que se suceden. ¡Pluguiera a Dios que sus progresos no hallasen más obstáculos que esos! Pero los encuentra peores. Todavía se deja de apreciar con nitidez su verdadera naturaleza y, por consiguiente, no se la trata regularmente según los métodos que le convienen.

     Querer fundamentarla sobre una ciencia aislada y, principalmente, sobre la fisiología, es condenarla a la esterilidad. Claro que el dominio de la fisiología le pertenece; pero para que los materiales que la etnología le pide adquieran el grado de autenticidad necesario y revistan su carácter especial, es casi siempre indispensable que los someta al control de testimonios procedentes de otras ciencias y que el estudio comparado de las lenguas, la arqueología, la numismática, la tradición o la Historia escrita hayan garantizado su valor, sea directamente, sea por inducción, a priori o a posteriori.

     En segundo lugar, un hecho no puede pasar de una ciencia a otra sin presentarse bajo un nuevo aspecto cuya naturaleza conviene todavía comprobar antes de tener derecho a servirse de él; por lo tanto, la etnología no puede considerar como indiscutiblemente incorporados a su dominio sino los documentos fisiológicos o de otra especie que hayan sufrido esta última prueba cuya dirección y cuyas normas sólo ella posee. Y como su objeto va más allá del mundo material y abarca al mismo tiempo las manifestaciones más intelectuales, no está permitido confinarla ni un minuto siquiera en una esfera extraña y sobre todo en la esfera física, sin extraviarla en medio de lagunas que las hipótesis más audaces y vanas no lograrán llenar jamás. En realidad, la etnología no es otra cosa que la raíz y la vida misma de la Historia. No se llega a separarla de ésta si no es artificialmente, arbitrariamente, con gran detrimento para la misma. Mantengámosla, pues, simultáneamente en todos los terrenos en que la Historia tiene derecho a percibir su diezmo.

     No la desviemos tampoco en demasía de los trabajos positivos, planteándole cuestiones en cuyas tinieblas no puede el espíritu humano penetrar. El problema de la unidad o de la multiplicidad de los tipos primitivos figura entre esas cuestiones. Hasta el presente esta investigación no ha satisfecho gran cosa a quienes la han emprendido. Está de tal manera desprovista de elementos de solución, que más bien parece destinada a divertir el espíritu que a iluminar el juicio, y apenas debe considerarse como científica. Antes que perderse con ella en divagaciones sin salida, es preferible, hasta nueva orden, tenerla al margen de todos los trabajos serios o, por lo menos, dejarla en un lugar muy subalterno. Lo que sólo importa hacer constar es hasta qué punto las  variedades son orgánicas y la medida de la línea que las separa. Si algunas causas pueden llevar los diferentes tipos a confundirse de nuevo; si, por ejemplo, al cambiar de alimento y de clima, un blanco se puede volver negro, y un negro un mogol, la especie entera, aunque hubiese salido de diversos millones de padres completamente distintos, debe declararse unitaria, sin duda alguna, pues posee de ello el rasgo principal y verdaderamente práctico.

     Si, por el contrario, las variedades se hallan encerradas en su constitución actual, de tal manera que no puedan perder sus caracteres distintivos sino mediante himeneos concertados fuera de sus esferas, y si ninguna influencia externa o interna es apta para transformarlas en sus partes esenciales; si, en fin, poseen de una manera permanente, y este punto no es dudoso, sus particularidades físicas y morales, acabemos de una vez con las divagaciones frívolas y proclamemos el resultado, la consecuencia rigurosa y única útil: aunque provinieran de una sola pareja, las variedades humanas, eternamente distintas, viven bajo la ley de la multiplicidad de los tipos y su unidad primordial no puede ejercer y no ejerce sobre sus destinos la consecuencia más imponderable. Así, pues, para satisfacer dignamente las imperiosas necesidades de una ciencia que ha llegado ya a la virilidad, es preciso saber limitarse y dirigir las investigaciones hacia las finalidades abordables, repudiando lo demás. Y ahora, situándonos en el centro del verdadero dominio de la verdadera Historia, de la Historia seria y no fantástica, de la Historia tejida de hechos y no de ilusiones o de opiniones, examinemos, por última vez, en grandes masas, no lo que creemos pueda ser, sino lo que a ciencia cierta vean nuestros ojos, oigan nuestros oídos y palpen nuestras manos.

     En una época muy primordial de la vida de la especie entera, época que precede a los relatos de los anales más lejanos, descubrimos, al colocarnos con la imaginación en las mesetas del Altai, tres conjuntos de pueblos inmensos, inestables, compuestos cada uno de ellos de diferentes matices formados, en las regiones que se extienden al Oeste alrededor de la montaña, por la raza blanca: en el Nordeste, por las hordas amarillas que llegan de las tierras americanas; y al Sur por las tribus negras cuyo foco principal radica en las lejanas regiones de África. La variedad blanca, quizá menos numerosa que sus dos hermanas, pero dotada de una actividad combatiente que dirige contra sí misma y la debilita, brilla por sus innumerables superioridades.

     Empujada por los esfuerzos desesperados y acumulados de los enanos, esta raza noble vacila, sale de sus territorios por el Mediodía y sus tribus de vanguardia caen en medio de multitudes melanesias, donde se trituran y empiezan a mezclarse con los elementos que circulan a su alrededor. Esos elementos son groseros, antipáticos y fugaces; pero la ductilidad del elemento que los aborda acaba por dominarlos. Esa ductilidad les comunica, dondequiera que los alcanza, algo de sus cualidades o, por lo menos, les despoja de una parte de sus defectos; sobre todo les presta nueva fuerza para coagularse y, a no tardar, en vez de una serie de familias, de tribus incultas y enemigas que se disputaban el suelo sin sacar de él ningún provecho, hay una raza mixta que se extiende desde las regiones bactrianas de la Gedrosia, de los golfos de Persia y de Arabia y de allende los lagos de la Nubia, penetra hasta latitudes desconocidas de los territorios centrales del continente africano, sigue la costa septentrional más allá de las Sirtes, rebasa Calpe, y, en toda esta extensión, la variedad melanesia diversamente afectada, aquí completamente absorbida, allá absorbiendo a su vez, pero sobre todo modificando hasta el infinito la esencia blanca y siendo por ella modificada, pierde su pureza y algunos rasgos de sus caracteres primitivos. De ahí ciertas aptitudes sociales que hoy se manifiestan en las regiones más apartadas del mundo africano y que no son sino los resultados remotos de una antigua mezcla con la raza blanca. Estas aptitudes son débiles, incoherentes, indecisas, como el mismo vínculo, que resulta, por decirlo así, imperceptible.

     Durante esas primeras invasiones, cuando esas primeras generaciones de mulatos se desarrollaban por el lado de África, un trabajo análogo se realizaba a través de la península indostánica y se complicaba más allá del Ganges y aun más allí del Bramaputra, pasando de los pueblos negros a las hordas amarillas, ya llegadas, más o menos puras, hasta aquellas regiones. En efecto: los fineses se habían multiplicado en las playas del mar de la China aun antes de haber podido determinar ningún desplazamiento serio de las naciones blancas en el interior del continente. Mayores facilidades habían hallado para ahogar y penetrar a la otra raza inferior. Se habían mezclado a ella como pudieron. La variedad malaya empezó a salir entonces de esa unión, que no se realizaba ni sin esfuerzo ni sin violencias. Los primeros productos mestizos llenaron al comienzo las provincias centrales del Celeste Imperio. A la larga, se formaron progresivamente, en toda el Asia oriental en las islas del Japón, en los archipiélagos del mar de las Indias; llegaron hasta el Este de África, envolvieron todas las islas de la Polinesia, situados ante las tierras americanas, así en el Norte como en el Sur, así en las Kuriles como en la isla de Pascua, penetraron furtivamente, en pequeños grupos poco numerosos, y abordando los puntos más diversos, en aquellas regiones casi desiertas pobladas tan sólo por los raros descendientes de algunos rezagados de las retaguardias de las multitudes amarillas, a quienes, siendo como eran una raza mixta, debían en parte esos malayos su nacimiento, su aspecto físico y sus aptitudes morales.

     Por el Oeste, dirigiéndose indefinidamente hacia Europa, no había pueblos melanesios, sino el contacto mas forzado y más inevitable entre los fineses y los blancos. Mientras al Sur, estos últimos, venturosos fugitivos, obligaban a todos a reconocer su imperio y se aliaban, a título de soberanos, con las poblaciones indígenas; al Norte, por el contrario, empezaron la unión en calidad de oprimidos. Es dudoso que los negros, en libertad de escoger, hubiesen envidiado mucho su alianza física; no lo es que los amarillos la hayan deseado ardientemente. Sometidos a la influencia directa de la invasión fínica, los celtas, y sobre todo los eslavos, que se distinguen apenas de ellos, fueron acosados y finalmente obligados a trasladarse a Europa. Así, de grado o por fuerza, comenzaron a unirse de buen comienzo con los homúnculos llegados de América; y cuando sus peregrinaciones ulteriores les llevaron a descubrir en los diferentes países occidentales nuevos establecimientos de las mismas criaturas, tuvieron menos motivos para negarse a contraer lazos con ellas.

     Si toda la especie blanca hubiese sido expulsada de sus primitivos dominios del Asia Central, la masa de los pueblos amarillos no hubiera tenido que hacer nada más que sustituírla en los dominios abandonados. Los fineses hubieran levantado su wigwan de ramajes sobre las ruinas de los monumentos antiguos y, obrando según su carácter, se hubieran sentado, amodorrado, dormido, y el mundo no habría oído hablar más de sus masas inertes. Pero la especie blanca no había desertado en masa de su patria de origen.

     Quebrantada bajo el choque espantoso de las multitudes finesas, había conducido, en verdad, hacia direcciones diferentes, la multitud de sus pueblos; pero algunas de sus naciones bastante numerosas permanecieron en su país, e incorporándose con el tiempo a varias o a la mayoría de las tribus amarillas, les comunicaron una actividad, una inteligencia, una fuerza física y un grado de aptitud social completamente extraños a su esencia nativa, haciéndolas aptas para continuar vertiendo en las regiones vecinas, aun a despecho de resistencias bastante intensas, la abundancia de sus elementos étnicos.

     En medio de esas transformaciones generales que afectan al conjunto de las razas puras, y como resultado necesario de esas mezclas, la cultura antigua de la familia blanca desaparece, y cuatro civilizaciones mixtas la reemplazan: la asiria, la indostánica, la egipcia y la china; una quinta cultura prepara su advenimiento no lejano: la griega; y nos es ya permitido afirmar que todos los principios que en el futuro poseerán las multitudes sociales han sido encontrados, pues las sociedades subsiguientes, al no añadirles nada, no han presentado nunca nada mas que combinaciones nuevas de ellos.

     La acción más evidente de estas civilizaciones, su resultado más notable y más positivo, no son otros que los de haber continuado sin descanso la obra de la amalgama étnica. A medida que se extienden, engloban naciones, tribus y familias hasta entonces aisladas, y, sin poderlas adaptar nunca a las formas y a las ideas de que ellas mismas provienen, logran sin embargo hacerles perder el sello de su propia individualidad.

     En la que podríamos denominar una segunda época, en el período de las mezclas, los asirios suben hasta los límites de Tracia, pueblan las islas del Archipiélago, se establecen en el Bajo Egipto, se fortifican en Arabia y se instalan entre los nubienses. Los pobladores de Egipto se extienden por el África Central, se establecen en el Sur y en el Oeste, se ramifican en el Hedjaz y en la península del Sinaí. Los hindúes se disputan el terreno con los himiaritas árabes, desembarcan en Ceilán, colonizan Java y Bali y continúan mezclándose con los malayos de allende el Ganges. Los chinos se unen con los pueblos de Corea y del Japón y llegan hasta Filipinas, mientras sus mestizos negros y amarillos, formados en toda la Polinesia y débilmente impresionados por las civilizaciones que perciben, hacen circular desde Madagascar hasta América lo poco que de ellas pueden comprender.

     Por lo que se refiere a los pueblos relegados en el mundo occidental, a los blancos de Europa, a los iberos, a los etruscos, a los rasenos, a los ilirios, a los celtas, a los eslavos, todos ellos se hallan ya afectados por las alianzas finesas. Continúan asimilándose las tribus amarillas esparcidas alrededor de sus establecimientos; luego continúan casándose entre sí, y casándose asimismo con los helenos, mestizos semitizados, que han afluído de todas partes a sus costas.

     Vemos, pues, mezclas por todas partes, siempre mezclas. Es ésta la obra más clara, más segura, más duradera de las grandes, sociedades y de las civilizaciones poderosas, la que, seguramente, sobrevive; y cuanta mayor extensión territorial han tenido las primeras, y más genio conquistador las segundas, a tanta mayor distancia las olas étnicas que levantan van a alcanzar otras olas primitivamente extrañas, con lo que sus naturalezas respectivas se sienten igualmente saciadas.

     Mas para que este gran movimiento de fusión general abarque hasta las últimas razas del Globo y no deje intacta a ninguna, no basta que un centro civilizador despliegue toda la energía de que es capaz; es preciso además que en las diferentes regiones del mundo esos talleres étnicos se establezcan de manera que actúen sobre el terreno, sin lo cual la obra general resultaría necesariamente incompleta. La fuerza negativa de las distancias paralizaría la expansión de los grupos más activos. China y Europa no ejercen una sobre otra sino una débil acción, aunque el mundo eslavo les sirva de inmediato.

     La India no ha influído nunca mucho sobre África, ni Asiria sobre el Norte asiático; y, en el caso en que las sociedades hubiesen conservado para siempre los mismos núcleos, Europa nunca hubiera podido verse directa y suficientemente afectada, ni completamente arrastrada en el torbellino. Ella lo fue porque los elementos creadores de una civilización a propósito para favorecer la acción general, habían sido previamente distribuídos en su suelo. Con las razas célticas y eslavas poseyó, en efecto, desde los tiempos más remotos, dos corrientes amalgamadoras que le permitieron entrar, en el momento oportuno, en el gran conjunto.

     Bajo su influencia, Europa había visto desaparecer en una inmersión completa la esencia amarilla y la pureza blanca. Con el intermediario fuertemente semitizado de los helenos, y luego con las colonizaciones romanas, fue adquiriendo poco a poco los medios de asociar sus masas con el territorio asiático más próximo a sus riberas. Ese territorio, a su vez, recibió el contrapeso de aquella evolución: pues mientras los grupos de Europa se teñían de un matiz oriental en España, en la Francia meridional, en Italia, en Iliria, los grupos de Oriente y de África adquirían algo del Occidente romano en la Propóntide, en Anatolia, en Arabia y en Egipto. Una vez realizado este acercamiento, el esfuerzo de los eslavos y de los celtas, combinado con la acción helénica, produjo todos sus efectos: no podía ir más allá; no poseía medio alguno de sobrepasar nuevos límites geográficos; la civilización de Roma, la sexta en orden del tiempo, cuya razón de ser consistía en la reunión de los principios étnicos del mundo occidental, no tuvo fuerza para realizar nada por sí sola a partir del siglo III de nuestra Era.

     Para ir engrandeciendo el área en que tantas multitudes se iban combinando, era necesaria la intervención de un agente étnico de considerable potencia, de un agente que fuese el resultado de un nuevo enlace de la mejor variedad humana con las razas ya civilizadas. En una palabra, era precisa una infusión de arios en el centro social mejor situado para influír sobre el resto del mundo, sin lo cual las existencias esporádicas de todos grados, diseminadas aún por la Tierra, iban a continuar indefinidamente sin hallar ya más aguas para la amalgama.

     Los germanos aparecieron en medio de la sociedad romana. Al mismo tiempo, ocuparon extremo Noroeste de Europa, que poco a poco se convirtió en el eje de sus operaciones. Los sucesivos enlaces con los celtas y los eslavos con las poblaciones galo-romanas, multiplicaron la fuerza expansiva de los recién llegados, sin degradar demasiado rápidamente su natural instinto de iniciativa. La sociedad moderna nació, y se dedicó sin descanso a perfeccionar cuanto fuera posible la obra agregativa de sus predecesoras. La hemos visto, casi en nuestros días, cómo descubría América, cómo se unía allí con las razas indígenas o las reducía a la nada; veámosla cómo hace afluír los eslavos hacia las últimas tribus del Asia Central, con el impulso que da a Rusia; y vemos cómo se lanza sobre los hindúes y los chinos; cómo llama a las puertas del Japón; cómo se mezcla, a lo largo de las costas africanas, con los naturales de ese gran continente; cómo crece, en fin, en sus propias tierras y difunde por todo el Globo, en una proporción indescriptible, los principios de confusión étnica cuya aplicación está dirigiendo ahora.

     La raza germánica estaba provista de toda la energía de la variedad aria. Ello era necesario para que pudiera desempeñar el papel que le estaba designado. Después de ella, la especie blanca no podía ofrecer nada de poderoso y activo, en su seno todo se hallaba casi igualmente mancillado, agotado, perdido. Era indispensable que los últimos obreros enviados al terreno no dejasen por terminar nada que fuera demasiado difícil, pues no había nadie, fuera de ellos, que fuese capaz de encargarse de tal cometido. Se lo tuvieron por dicho. Acabaron el descubrimiento del Globo y se apoderaron de él para conocerle antes de poblarlo con sus mestizos, recorriéndolo en todos sentidos. No les pasó por alto ningún rincón, y ahora que ya no se trata sino de verter las últimas gotas de la esencia aria en el seno de los diversos pueblos, accesibles por todas partes, el tiempo bastará de sobra para esta tarea que se irá haciendo por sí sola y que no necesita de nuevos impulsos para perfeccionarse.

     En presencia de este hecho nos explicamos, no que no existan Arios puros, sino la inutilidad de su presencia. Como su vocación general era producir vínculos y la confusión de los tipos uniéndolos entre sí, a pesar de las distancias, nada tienen que hacer en lo sucesivo, pues esta confusión es un hecho en cuanto a lo principal y están tornadas, ya todas las disposiciones para lo accesorio. Tenemos, pues, que la existencia de la variedad humana más bella, de la raza por entero blanca, que las facultades magníficas concentradas en una y otra, que la creación, el desarrollo y la muerte de las sociedades y de sus civilizaciones, producto maravilloso del juego de esas facultades, revelan un gran punto que es como el ápice, como la cúspide, como la finalidad suprema de la Historia. Todo esto nace para acercar y reunir las variedades; todo esto se desarrolla, brilla y se enriquece para acelerar su fusión, y muere cuando el principio étnico dirigente está completamente fundido en los elementos heterogéneos que vincula y por consiguiente cuando su cometido local está lo suficientemente cumplido.

     Además, el principio blanco, y sobre todo ario, disperso sobre la faz del Globo, está incorporado a él de manera que las sociedades y las civilizaciones que anima no dejen tierra alguna y por consiguiente grupo humano alguno substraído a su acción agregativa. La vida de la Humanidad adquiere así una significación de conjunto que entra absolutamente en el orden de las manifestaciones cósmicas. He dicho que era comparable a una vasta tela compuesta de diferentes materias textiles que muestra los dibujos más distintamente combinados y extravagantes; es también comparable a una cordillera de diversas cumbres cada una de las cuales representa una civilización, y la composición geológica de estas altas montañas está representada por las diversas mezclas a que han dado lugar las múltiples combinaciones de las tres grandes divisiones primordiales de la especie y de sus matices secundarios. Tal es el resultado dominante del trabajo humano.

     Todo cuanto favorece a la civilización atrae la acción de la sociedad; todo cuanto la atrae, la extiende, todo lo que la extiende la lleva geográficamente más lejos, y el último término de esta marcha es la accesión o la supresión de algunos negros o de algunos fineses más en el seno de las masas ya amalgamadas. Establezcamos como un axioma que el fin definitivo de las fatigas y de los dolores, de los placeres y de los triunfos de nuestra especie, es llegar un día a la suprema unidad. Establecido esto, descubriremos lo que nos falta saber.

     La especie blanca, considerada abstractamente, ha desaparecido para siempre de la faz del mundo. Después de haber pasado la Edad de los Dioses, en que era absolutamente pura, la Edad de los Héroes, en que las mezclas eran moderadas en fuerza y número; la Edad de las Noblezas, en que ciertas facultades, todavía grandes, no eran ya renovadas, a causa de haberse secado sus fuentes; después de pasar esas Edades se encaminó, con más o menos rapidez, según los sitios, hacia la confusión definitiva de todos sus principios, como consecuencia de sus enlaces heterogéneos. Por lo tanto, en la actualidad sólo está representada por híbridos; los que ocupan los territorios de las primeras sociedades mixtas han tenido tiempo y ocasiones, claro está, de degradarse más. En cuanto a las masas que, en la Europa occidental y en la América del Norte, representan actualmente la última forma posible de cultura, ofrecen todavía un aspecto de poderío bastante atrayente y, en realidad, están menos decaídas que los habitantes de la Campania, de la Susiana y del Yemen. Sin embargo, esta superioridad relativa, tiende constantemente a desaparecer; la parte de sangre aria, subdividida ya tantas veces, que existe todavía en nuestras regiones, y que es lo único que sostiene el edificio de nuestra sociedad, se encamina cada día más hacia los términos extremos de su absorción.

     Una vez obtenido este resultado, llegaremos a la era de la unidad. El principio blanco, desvirtuado en cada hombre en particular, se encontrará frente a los otros dos principios, el negro y el amarillo, en la proporción de 1 a 2, triste proporción que, en todo caso, bastará para paralizar su acción de una manera casi completa, pero que aparece todavía más deplorable cuando se piensa que ese estado de fusión, lejos de ser el resultado de la unión directa de los tres grandes tipos en su estado puro, sólo será el caput mortuum de una serie infinita de mezclas y, por consiguiente, de bastardeamientos; el último término de la mediocridad en todos los aspectos: mediocridad de fuerza física, mediocridad de belleza, mediocridad de aptitudes intelectuales; en fin, una nulidad completa. Esta triste herencia será repartida entre todos por partes iguales.

     No existe motivo alguno para que tal o cual hombre posea un lote más rico que otro; y, lo mismo que en aquellas islas polinésicas en que los mestizos malayos confinados desde hace siglos, comparten por igual un tipo al que ninguna infusión de sangre nueva ha turbado la composición primitiva, los hombres le parecerán todos. Su talla, sus rasgos, sus costumbres corporales serán parecidos. Tendrán la misma dosis de fuerzas físicas, direcciones paralelas en los instintos, medidas análogas en las facultades, y, una vez más, ese nivel general de una irritante humildad.

     Las naciones, mejor dicho, los rebaños humanos, condenados a una sombría somnolencia, vivirán desde entonces embotados en su nulidad, como los búfalos rumiantes en las aguas encharcadas de las Lagunas Pontinas. Quizá se consideren los seres más cuerdos, más sabios y más hábiles que jamás hayan existido; nosotros mismos, cuando contemplamos esos grandes monumentos de Egipto y de la India, que tan incapaces seríamos de imitar, ¿no nos sentimos convencidos de que nuestra misma impotencia demuestra nuestra superioridad? Nuestros afrentosos descendientes hallarán sin dificultad algún argumento análogo en nombre del cual nos mirarán conmiserativos y se jactarán de su barbarie. He aquí, dirán señalando con un gesto de desdén las vacilantes ruinas de nuestros últimos edificios, he aquí el empleo insensato de las fuerzas de nuestros antepasados. ¿Qué hacer con estas inútiles locuras? Serán, en efecto, inútiles para ellos, porque la vigorosa naturaleza habrá reconquistado la universal dominación de la Tierra, y la criatura humana ya no será ante ella un donador, sino solamente un simple morador, como los habitantes de los bosques y de las aguas.

     Este estado miserable tampoco será de larga duración; pues uno de los efectos laterales de las mezclas indefinidas es reducir los pueblos a cifras cada vez menores. Cuando se echa una ojeada sobre las épocas antiguas, se da uno cuenta de que la Tierra estaba entonces ocupada por nuestra especie de una manera muy distinta a la de hoy. China nunca ha tenido menos habitantes que ahora; el Asia Central, que fue un hormiguero, es hoy un desierto. La Escitia, según Heródoto, era tan mosaico de naciones y la Rusia actual está apenas poblada. Alemania está bien provista de hombres, pero no lo estaba menos en los siglos II, IV y V de nuestra era, cuando, sin agotarse, lanzaba sobre el mundo romano océanos de guerreros, con sus mujeres y sus niños. Francia e Inglaterra no nos parecen ni vacías ni incultas; pero Galia y Gran Bretaña no lo eran menos en la época de las emigraciones kínricas. España e Italia no poseen más que la cuarta parte de los pobladores que tenían en la antigüedad. Grecia, Egipto, Siria, el Asia Menor y la Mesopotamia estaban superpobladas y sus 638 ciudades eran tan numerosas como las espigas en un campo; hoy son soledades mortuorias, y la India, todavía muy populosa, sólo es una sombra de lo que fue.

     El África occidental, esa tierra que nutría a Europa y en la que mostraban sus esplendores tantas y tantas metrópolis, no contiene mas que las rarísimas tiendas de algunos nómadas y las ciudades moribundas de unos cuantos mercaderes. Las demás partes de este continente, en que los europeos y los musulmanes han llevado lo que unos llaman el progreso y lo que otros llaman la fe, languidecen también y sólo en el interior, donde apenas se ha penetrado, se conserva un núcleo asaz compacto. Pero eso no durará. En cuanto a América, Europa vierte en ella cuanta sangre posee y se empobrece, mientras la otra se enriquece. Así, a medida que se degrada, la Humanidad se destruye.

     No cabe calcular con rigor el número de siglos que todavía nos separan de la ineluctable conclusión. Sin embargo, no es imposible vislumbrar algo que a ello se aproxime. La familia aria y, con mucha más razón, el resto de la familia blanca, había cesado de ser absolutamente pura en la época en que nació Jesucristo. Admitiendo que la formación actual del Globo sea anterior en seis o siete mil años a aquel acontecimiento, ha bastado ese periodo para agostar en germen el principio visible de las sociedades y cuando ese período acabó, la causa de la decrepitud había ya triunfado en el mundo. Como quiera que la raza blanca había sido absorbida de manera que perdiese la flor de su esencia en las dos variedades interiores, éstas sufrieron las modificaciones, correspondientes, que, por lo que a la raza amarilla se refiere, fueron muy acentuadas. En los dieciocho siglos que después han transcurrido, el trabajo de fusión, aunque continuado incesantemente y preparando sus conquistas ulteriores en una escala más considerable que nunca, no ha sido tan directamente eficaz.

     Con todo, aparte de los medios de acción creados para el porvenir, la confusión étnica ha ido muy en aumento en el interior de todas las sociedades y, por consiguiente, ha acelerado la hora final de la perfección de la amalgama. No se ha perdido, pues, este tiempo, ni mucho menos; y ya que ha preparado el porvenir, y que, por otra parte, las tres variedades no poseen grupos puros, no exageraremos la rapidez del resultado si le calculamos, para producirse, un tiempo algo inferior al que ha sido necesario para que sus preparaciones llegasen al punto en que hoy se hallan. Nos inclinaremos, pues, a asignar a la dominación del hombre sobre la Tierra una duración total de doce a catorce mil años, dividida en dos períodos: uno, que pasó ya, y que habrá visto y poseído la juventud, el vigor y la grandeza intelectual de la especie; otro, que ha comenzado ya y que conocerá la marcha desfalleciente de la Humanidad hacia su decrepitud.

     Deteniéndonos incluso en los tiempos que deben preceder al último suspiro de nuestra especie y alejándonos de aquellas edades invadidas por la muerte en que nuestro Globo, vuelto mudo, seguirá, sin nosotros, describiendo en el espacio sus órbitas impasibles, no sé si tenemos derecho a llamar el fin del mundo a esa época menos lejana que empezará a ver ya el relajamiento completo de nuestra especie. No afirmaría tampoco que fuese muy fácil interesarse con un resto de ternura por los destinos de unos cuantos puñados de seres despojados de fuerza, de belleza y de inteligencia, si no nos acordásemos que por lo menos les quedará la fe religiosa, único vínculo, único recuerdo y herencia preciosa de días mejores.

     Pero la misma religión no nos ha prometido la eternidad; y la ciencia, al demostrarnos que habíamos empezado, pareció siempre asegurarnos también que habíamos de acabar. No hay, pues, por qué extrañarnos ni conmovernos al hallar una confirmación más de un hecho que no podía pasar por dudoso. La previsión entristecedora no es la muerte, sino la certidumbre de tener que llegar a ella degradados: y aun esa vergüenza reservada a nuestros descendientes podría quizá dejarnos insensibles, si con secreto horror no advirtiéramos que las manos rapaces del Destino se han posado ya sobre nosotros.–





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